Marta

Familia Colaboradora

“Una experiencia que ha cambiado mi vida para siempre”

Testimonio protagonista: Marta Navarro, Familia Colaboradora

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Marta decidió hacerse familia colaboradora de una adolescente de 15 años y comenzó a verla poco después del confinamiento. Marta nos cuenta cómo a veces piensa que ella es la que más se está beneficiando de la colaboración.

Desde poco después del confinamiento domiciliario del pasado año, soy familia colaboradora de una adolescente de 15 años. Y es una experiencia que ya ha cambiado mi vida para siempre. La conocí cuando acudí a su centro a dar una charla a los niños más mayores sobre la radio. Para mi sorpresa, desconocían el medio y ni siquiera sabían qué era un podcast. Como ella está interesada en lo audiovisual, me pasé por el hogar unas semanas después a darle más detalles de cómo es la profesión y cómo estudiarla. Nos acompañó la psicóloga del centro, y la niña nos miraba sin decir nada pero diciéndolo todo. Las tres sabíamos que de ahí iba a salir una colaboración. Pese a que todavía no soy madre, aunque quiero serlo mediante adopción, tuve muy claro desde el primer momento la finalidad del programa de familias colaboradoras: proporcionar una figura estable emocionalmente a su vida. No sustituir otras figuras como su familia o sus personas de referencia preexistentes. Sino sumarme a ellas, que llegara a poder ver en mí un apoyo incondicional, alguien que la elige y no la va a abandonar. Y es que en el mismo momento en que empezó todo este proceso, me dijeron que una mujer sola podía ser una familia. Y la perspectiva que tenía de mi propia realidad cambió. 

Soy la mayor de cuatro hermanas, y siempre he deseado que mi casa fuera hogar, que estuviera repleta de gente, de vida. Formar una gran tribu, compartir lo que me ha dado la vida. Así que cuando descubrí la figura de familia colaboradora, no lo dudé. Aunque tardé un poco en darme cuenta del compromiso que implica. No estamos hablando de unas vacaciones en familia, y no verla el resto del año. Ni de un voluntariado, como tantas otras personas que entran así en sus vidas. Hablamos de críos a los que les ha fallado la vida desde muy pequeños, que han pasado ya por más decepciones y dificultades de las que deberían a su edad. De modo que antes de entrar en sus vidas hay que tener muy claro cuál es nuestro papel y que no podremos salir. Nuestro papel es mirar por el bien del crío, o la cría. Y eso pasa por tener la mejor relación posible con su familia. Pasa porque tenga límites, reglas y normas también con nosotros. Y porque se sienta inmensamente apreciada, tenida en cuenta y una más de la familia. 

Después de conocer a mi niña decidí dejar aparcada mi decisión sobre la adopción, no echar los papeles en ese momento sino cuando ya se hubiera formado el vínculo, cuando ella ya se sintiera en casa. Ahora, antes de que me coja el toro de los 40, voy a hacerlo. Aunque ella quiere que me quede embarazada. También me elige la ropa, y me riñe si hago algún comentario sobre el estilismo de un viandante o si digo que soy vieja. Aunque tiene 15 años, me piden a mí el DNI antes que a ella para entrar en los sitios. Es alta y parece una mujer. Tanto que he desarrollado miedos. No sólo respecto a su apariencia de adulta, sino a todo lo que tenga que ver con ella. Pero miedos sanos, de querer ayudarla y protegerla. Aunque seamos sólo la familia colaboradora, somos humanos y desarrollamos sentimientos por nuestros niños y niñas. Al principio, aunque ella diga que no, le costaba muchísimo llevarme la contraria. Como en cualquier relación, uno tiene miedo a molestar al otro y ante cualquier petición de toma de decisión sale con un “me da igual”. Y cuando viene una propuesta del otro, la respuesta siempre es sí. Aunque no apetezca mucho lo propuesto. Al principio la llevaba al cine, a comer un helado, a pasar el día… Y no voy a negar que fueron los momentos más difíciles, porque me costaba la misma vida conseguir mantener una conversación con ella. Yo hablaba y hablaba sin parar mientras ella apenas asentía. Respondía muy cariñosa y educada, pero poco más. Al fin de al cabo, para ella soy una señora muy mayor de treinta y muchos años. Encontramos algunos temas recurrentes de conversación, relacionados con su gusto por la moda, TikTok, la música reguetón y las series de Netflix. Todo muy acorde con su generación. 

Después del verano llegó el momento de que pernoctara en casa, que conociera su habitación, que empezáramos a hacer cosas juntas caseras y cotidianas. Desde la compra a cocinar tartas, tortitas o incluso dulces típicos de Cataluña. Ahora que han pasado ya unos meses sé cómo le gusta la leche, qué bebidas prefiere, sus platos favoritos, sus series fetiche y hemos llegado al arreglo de que se gana cinco euros cada vez que lee un libro o ve una película en inglés. ¡Lo que sea por motivar la cultura!. En navidades pasamos mucho tiempo juntas, y ni por esas se ha cansado de mí. ¿Qué quieren que les diga?. Una alberga también esos temores de cansarla, aburrirla, etc… Pero no, parece ser que volvió muy feliz al hogar. Parte del tiempo, solamente en navidades, lo pasamos con mi pareja. También habíamos coincidido en un puente. Y me gustó poder mostrarle de esa manera un referente de pareja normal y corriente, ni mejor ni peor que otras. Pero durante el año no coinciden porque tenemos estipulados los fines de semana conmigo que él tiene a sus tres hijos. Puede que algún día, si la relación evoluciona, todos se conozcan. Pero, por el momento, había que proteger esa creación del vínculo y hacer que la niña supiera que tiene un papel propio y protagonista en mi vida. Creo que en eso vamos por buen camino, porque siente tan suya su habitación que ha diseñado como la quiere, ha cambiado la cama de sitio, le han traído los Reyes unos regalos que quería y vamos a pintarla y decorarla a su gusto. También va dejando ropa, pijamas, zapatillas… en casa. Y a mí, no lo voy a negar, se me cae la babita. 

Sin duda, la pandemia por la que estamos pasando es un reto más a la convivencia con una adolescente. Me da mucha pena no poder ofrecerle muchas de las cosas que pensaba que haríamos juntas, como acudir a todo tipo de citas culturales. Le encanta la organización de eventos y tengo contactos en ese mundillo. O me gustaría poder llevarla a la radio… Pero ahora cualquiera de esas cosas es imposible. Estamos solamente ella y yo y seguimos cocinando, pero también jugamos a juegos de mesa o vemos películas. Empiezo, también, a hacer vida más normal cuando está en casa. Como escribir o trabajar un rato, si tengo que hacerlo. El otro día, para mi sorpresa, aprovechó para hacer deberes durante ese tiempo. En su trato y en su estar en casa, noto que se siente más libre, más segura. Más en confianza. Cada semana hablo con la psicóloga del centro para hacer un seguimiento de cómo va la relación y, creo, estamos todos igual de contentos con la evolución. Ser su familia colaboradora ha despertado en mí un montón de habilidades que no sabía que poseía: paciencia, sentido de la oportunidad, pericia a la hora de manejar una situación, la asertividad que nunca tuve… Así que muchas veces me da miedo ser yo quien más se está beneficiando de esta colaboración. También porque, lo tengo que confesar, me hace inmensamente feliz tenerla en mi vida.

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