Antonio David

Padre acogedor y colaborador

“Tratar con cuidado, contiene sueños”

Antonio David - Familia colaboradora

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Mohamed, Zacaria y Badr tienen la suerte de tener en sus vidas Antonio David. Han tenido y tienen su apoyo de distintas formas, siempre con enorme generosidad y empatía.

Mi niño, Mohamed El Oumary, tiene 20 años recién cumplidos. Llegó a España en los bajos de un camión. Él siempre me cuenta que sus padres, sabios, sabían que un día intentaría pasar la frontera. Por eso su madre llevó mucho mejor la huida de su niño, el día que, esperando que se cociera el pan en el horno comunitario, vio como Mohamed se retrasaba y nunca llegó aquella noche fatídica. Tampoco al día siguiente, ni al otro… Tres años sufriendo la pérdida de un hijo sin que nadie en su país mueva un solo dedo para remediar tanta desgracia. Mohamed salió de Marruecos buscando un futuro mejor, buscando oportunidades, justicia, trabajo, buenas condiciones de vida en definitiva. Huyó del olvido a su clase social, de la miseria intelectual, de la falta de esperanza, de la monotonía de los días sin expectativas y del desequilibrio social. Llegó a España sin nada y sin nada sigue, porque le falta su familia, un trabajo, una vida normalizada… Digo que sigue sin nada y miento, al menos tiene ya una esperanza. Quiere formarse, está estudiando peluquería e inglés en el Instituto de Idiomas. Quiere llenarse de sueños y de aptitudes. Lo que buscan todos los jóvenes a esas edades que algunos vemos ya tan lejanas. Y en su proyecto de vida, en su motor de la alegría de vivir, en suma, eligió España, porque sabe que aunque hay díscolos que siempre ponen los tres pies al gato, nuestro país es solidario y humilde. España sabe de desventuras y pesadillas, por eso los españoles y españolas saben tratar estos problemas, con la ventaja que da la experiencia y la humanidad. A la visión negativa que siempre leemos en prensa por aviesos intereses, yo me quedo con la experiencia de ver como miles de personas ayudan cada día a estos chavales. Y todos y todas absolutamente siempre tienen la misma respuesta: No los ayudo a ellos, son ellos los que me ayudan a mí. Y eso puedo corroborarlo. Mohamed me escogió a mí, o yo a él, ya no lo recuerdo. Primero como familia colaboradora los fines de semana y las vacaciones, luego, con su mayoría de edad y su condición de extutelado, se vino a casa, a su casa española. Mohamed me ayuda a ser mejor persona, a sentirme útil, a sentir que soy un héroe anónimo que ayuda en lo que puede a otras personas, me ayuda a ser grande y sabio, a saber de lo que hablo y a no actuar ni opinar mediante prejuicios. Yo siempre digo que desde que llegó a mi casa se abrió una ventanita al cielo, porque en sus profundos ojos negros siempre veo pureza y agradecimiento. Veo lo que religiosamente se llama el prójimo. Y es que Mohamed me recuerda que moros y cristianos no somos tan diferentes. Él siempre dice que Islam significa «paz» y yo siempre le digo que Jesús es el «amor». Por tanto paz y amor, son la simbiosis perfecta para construir un mundo nuevo y lleno de concordia. No erremos el tiro y culpemos a los que no lo merecen. Miremos más arriba y reflexionemos el verdadero motivo que nos lleva, a todos, a jugarnos el tipo por una vida digna, y sobre todo mirémonos a los ojos, que es donde está alojada el alma de las personas. Desde el amor y con amor, llevando la paz como bandera, y mirando siempre en el fondo del alma, podremos no juzgar a otros, entenderlos y ayudarlos. Y si encima son menores entonces lo que hace falta son muchos padres y madres que empaticen con los niños y niñas de otros países, porque creedme cuando os digo que son todos iguales y necesitan lo mismo. Después de Mohamed me llegó Zakaria, que tiene ya 18 años. Mi pequeño filósofo del sur de Marruecos, un tuareg que sabe de aventuras en primera persona, pero que sobre todo me enseña a diario que la vida, hay que enfrentarla desde el humor y la alegría. Estuvo a punto de morir en el Mediterráneo, y sin embargo aquella tragedia no fue capaz de robarle la eterna sonrisa que marca su cara. Ahora lo tengo a mi lado, donde debe estar a falta del regazo de sus padres biológicos, a los que conozco y les agradezco que me lo hayan cedido durante un tiempo indeterminado, porque como les digo siempre, de las grandes personas hay que beneficiarse todos. Así que, si Dios quiere, Inchalah, el Zaka estará conmigo hasta que un día esté preparado para volar solo, y yo entonces lo veré marchar orgulloso…  

Y finalmente llegó el peque de la casa, Badr, mi petardito, mi adolescente, la ternura personificada en un cuerpo cuasi adulto. Comencé colaborando gracias a Crecer con Futuro y sólo venía a casa los fines de semana, pero pronto nació en nosotros la necesidad de soportarnos más horas a la semana. Y así fue como decidí acogerlo de forma permanente. Me tiene loco. Es verdad que me da mucho trabajo. Su edad, insultantemente joven, choca con mi modo de ver la vida. Es natural por otro lado. Se enfada, me enfado, pero siempre al final del día viene a mi cuarto a ver un ratito la tele, y entonces se nos olvida todo. Se queda dormido, protegido, como él mismo me reconoce a la mañana siguiente, y es que los niños son cajas de sorpresa que debiera poner en la tapa «tratar con cuidado, contiene sueños», como dijo el filósofo italiano Mirko Badiale. En mi casa, que ya es la suya, está donde se merece a falta de la protección de su madre y de su padre. Estarán tranquilos, espero, cuando sepan que aquí en España, hay una persona que sólo quiere para su niño lo mejor, y que se lo entrega en forma de cariño y vida normalizada. Si el Dios que todo lo ve me ayuda, viviré mientras pueda y tenga fuerzas para ayudarlos a seguir adelante. Yo mientras tanto voy a poner la lavadora, y a poner orden en esta jaula de grillos, porque a uno de los tres le tocaba hacer la colada y se ha olvidado de ello, así que me toca ejercer de padre. Un abrazo enorme y nos vemos en las calles de la normalidad… 

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