¿»Les gustaré?» “¿Me querrán?” “¿Seré bueno para ellos?” “¿Estaré bien? Sí, si me han hablado muy bien de ellos…Pero…”
¿Estás preparado Alejandro?
Una voz resonó en su cabeza interrumpiendo su telaraña de pensamientos. Teorías conspiratorias y un entrelazado denso de tinieblas y dudas.
Alejandro tenía doce años y se encontraba esperando en el centro junto con la trabajadora social. Se iba a convertir en protagonista de su propia historia, pues iba a experimentar una nueva etapa. «Ya me toca a mí» pensaba. Era su primer fin de semana con una familia colaboradora. Pasaría tiempo con ellos, eran unos desconocidos, una casa desconocida, y sentía un nudo trenzado de nervios y emoción que se habían asentado en su estómago. «Mi primer fin de semana» repetía como mantra constante en su interior. Y aunque había escuchado aspectos buenos sobre ellos, no podía evitar sentirse así, como si jugase en la playa a saltar las atrevidas olas.
-¿Estás preparado?
Alejandro miró a la trabajadora social, que buscó con complicidad su mirada, le acarició de forma amigable el hombro y le sonrió. En ese instante un matrimonio entró en la sala donde Alejandro esperaba… «¿Son ellos?» Alejandro buscó la respuesta rápidamente en la trabajadora social, su aliada, y con una mirada divertida de ella, supo que sí.
Se trataba de un matrimonio joven. Ella, sonreía con calidez. Él, tenía un aspecto sereno, transmitiendo una seguridad, que Alejandro tradujo como un héroe que le proporcionaría una calma familiar anhelada.
Y es ahí. La mirada de Alejandro se cruzó con la de aquella familia que posaron sus ojos en él. Chas…un clip. ¿Lo sientes? Esa corriente de conexión que atravesó el cuerpo de Alejandro que fue dibujando una sonrisa tímida en su rostro.
“Hola, Alejandro! Soy Sandra” Saludó la mujer con simpatía. “Hola, Alejandro. Soy Diego. Estábamos deseando conocerte”
¿Sabéis esa sensación cuando se disipa las tinieblas de la incertidumbre? Esa paz, esa luz que ilumina cada filamento de la piel y el corazón frenético pasa a bombear al compás de una nana. Así es. Alejandro sintió un alivio inmediato al ver la amabilidad y el cariño de aquella familia que lo acogió al instante.
De camino a casa, intercambiaron divertidas miradas a través del espejo retrovisor y alguna pequeña charla. Pero Alejandro admiró que tanto Sandra como Diego, no lo apabullaran a preguntas, sino que respetaron los silencios, que lejos de ser incómodos, eran tranquilos. A veces no hay que rellenar los silencios, a veces es mejor escuchar el latido de un corazón y la respiración que se apacigua de un niño.
Desde el primer momento, Alejandro sintió una conexión con aquella familia que ilusionados, le mostraron su habitación, decorada con colores vivos y juguetes. «Puedes jugar con lo que quieras,» le dijo Sandra, y Alejandro no pudo evitar sonreír. Era un lugar donde podía ser él mismo, sin preocupaciones, sin miedos. Ser lo que verdaderamente debía ser: Un niño.
Desde entonces, cada fin de semana transcurría entre risas, alegrías y haciendo que las manecillas del reloj volaran. Alejandro se sentía seguro y querido. Sandra le preparaba meriendas cada viernes y le enseñó a hacer postres caseros que le supieron a hogar.
Jugó al fútbol, comió helados, corría junto a Diego por el parque hasta quedar exhaustos. Incluso participó en carreras de running. Por las noches, hacían maratones de películas junto a un gran bol de palomitas, leían historias o mantenían conversaciones donde la confesión daba paso a un lazo más estrecho, hasta que Alejandro se rindiese a los brazos del sueño. Aprendió a montar en bicicleta, a pescar, salían todos los sábados de senderismo, y aprendió a ver la magnitud maravillosa que desprendía la naturaleza. Pero sobre todo, aprendió a confiar en los adultos.
Y es que la familia Soto se aseguraba de que cada momento fuera especial para él. Además, la familia se beneficiaba de esta experiencia. Aprendieron a valorar el tiempo en familia y a ser más empáticos con las situaciones difíciles que enfrentan muchos niños. Y sabían que estaban haciendo una diferencia en la vida de Alejandro.
Todos los domingos, antes de que Alejandro pudiese ser consciente, llegaba la despedida y volver al centro de acogida. Era un momento agridulce. Aunque Alejandro, sentía tristeza por tener que irse, también sentía una profunda gratitud. La familia Soto, le prometió siempre que volvería el próximo fin de semana y Alejandro se aferró a esa promesa con todas sus fuerzas. En su corazón, sabía que había encontrado un lugar donde era querido y aceptado, aunque solo fuera por unos días a la semana.
El programa de familias colaboradoras no solo proporcionaba un hogar a los niños, sino que también creaba lazos de amor y comprensión que duraban toda la vida. Para Alejandro, los fines de semana en casa de los Soto eran más que una simple escapada; eran una ventana a un mundo donde el cariño y la estabilidad eran posibles. Y eso, para él, lo significaba todo. ¿Los sueños se cumplen? Yo digo que sí. Preguntad a Alejandro.
Texto: Esperanza Macarena Expósito Molina.
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